EL CODIGO DA VINCI

Por Rodolfo Salazar Gonzalez

Con la novela «El Código Da Vinci» se presentó el mismo fenómeno de aceptación popular que se dio cuando en 1967 Gabriel García Márquez publicó la primera edición de «100 Años de Soledad».

Recuerdo que en 1969 todo mundo recomendaba leerla para descubrir que en esta mítica novela se habían escrito de manera profética todos los dramáticos acontecimientos del movimiento estudiantil de 1968 que se dieron el 2 de Octubre de ese año significativo en la vida de México por la razón de que se estableció la certidumbre de la urgente democratización en el país.

En efecto, García Márquez recrea imágenes donde los habitantes de Macondo son reprimidos por las fuerzas militares del coronel Aurelio Buendía, para después, como suele suceder en América Latina, todos olvidaron aquel episodio, no recordaban la matanza del patriarca de Macondo, perdieron la memoria y fue necesario que se promulgara un decreto donde se ordenaba escribir el nombre de todas las cosas para que pudieran ser recordadas y llamadas por su nombre: a una silla se le escribía: «se llama silla y sirve para sentarse, la cama para acostarse, y la casa para vivirla, habitarla y dormir en ella».

El éxito que obtuvo «El Código Da Vinci» fue superior por las lógicas razones de que estamos viviendo una sociedad globalizada, con una altísima tecnología informativa que nos permite enterarnos de los acontecimientos culturales que se dan en la otra parte del mundo en el momento en que se realizan.

Esta novela se desarrolla fundamentalmente en París, y concluye en la capilla de Rosslyn, llamada con frecuencia -La Catedral de los Enigmas- ubicada al sur de Edimburgo, sitio en el que se había construido un antiquísimo templo Mitráico por los caballeros templarios en 1446, que está llena de desconcertantes símbolos de las tradiciones hebreas, cristianas, egipcias, masónicas y paganas.

Se trataba de una organización denominada «Los Guerreros Pobres al Servicio de Cristo», conocida mundialmente como la sociedad secreta de «Los Templarios» y que en las iglesias los describen como dos caballeros montados en un solo caballo, presumiendo que eran todos homosexuales, pues se les prohibía casarse.

El nombre de templarios les viene, porqué la razón de su existencia, es la conservación y la protección de documentos valiosos que fueron enterrados bajo el templo del rey Salomón -donde posteriormente Herodes construyó su propio templo para la conservación de su estirpe-,

que contiene información sobre el Santo Grial que intenta destruir el Opus Dei para seguir conservando el origen divino de Jesús, decretado en el concilio ecuménico de Nicea, que organiza Constantino, artífice principal de la religión católica.

Constantino estaba consciente que el cristianismo estaba en expansión y era practicado masivamente por los romanos en la clandestinidad, simplemente apostó por un caballo ganador.

Antes del concilio de Nicea la religión oficial de Roma era el culto al sol, el sol invencible, y Constantino era el sumo sacerdote; pero en Roma había cada vez más tensiones religiosas; tres siglos después de la crucifixión de Jesucristo sus seguidores se habían multiplicado de manera exponencial al extremo que representaba un peligro para el Imperio Romano.

Por esta razón Constantino convirtió a Roma en cristiana, pero dejó dentro de esta nueva religión muchos símbolos paganos, creando una especie de religión híbrida que fuera aceptada por todos. Por ejemplo, los católicos asisten los domingos a la iglesia sin saber que ese día los paganos rendían su tributo al Sol.

En sus casi seiscientas páginas El Código Da Vinci establece la tesis que la Biblia no fue algo que nos entregara Dios, los evangelios fueron escritos por hombres y además se hizo una intensa selección de los casi seiscientos documentos que sobre la vida de Jesús se habían escrito, para dejar como verdad absoluta la que conocemos en la Biblia oficial.

Incluso el hecho de que Jesús pasara a considerarse el hijo de Dios, se propuso y se votó democráticamente en el Concilio de Nicea, en medio de una cerrada votación donde se discutía si lo dejaban como un profeta o lo elevaban como un mesías, acordándose lo segundo.

Lo destacado de toda ésta literatura es la hipótesis que sostiene sobre el Santo Grial, que está en contrapunto con la definición que de éste símbolo religioso ha hecho por siglos el Vaticano.

La Iglesia Católica define el Santo Grial como el cáliz con el cual Jesús brindó con sus apóstoles en la última cena, antes de ser traicionado por Judas.

En el Código Da Vinci ésta versión se desbarata y se asegura que el Santo Grial es el recipiente donde está la sangre de Jesús; pero este recipiente es el vientre de una mujer a quien la Iglesia estigmatizó como una prostituta: María Magdalena.

Afirmando que en la «Ultima Cena» de Leonardo Da Vinci que se encuentra en el Museo de Louvre se observa a un lado de Jesús la imagen de María Magdalena, que según el autor, cuando Jesucristo se despedía de sus apóstoles ya era su esposa y además estaba embarazada.

De ahí la obligación de los templarios de cuidar el Santo Grial de las intenciones del Opus Dei que intenta destruir el simbolismo que esto representa, porque va contra el criterio oficial del Vaticano sobre el origen divino de Jesucristo.

Finalmente resulta interesante leer que dentro de los templarios se encontraban hombres que han servido a la humanidad como: Isaac Newton, Víctor Hugo, Leonardo Da Vinci, Debussy, Botticelli, Jean Cocteau y el mismísimo Francoise Mitterrand, que mandó construir para guardar el Santo Grial, la pirámide invertida a base de cristal -que tanta polémica causó en los ochentas-, al frente de las instalaciones del legendario Museo de Louvre.

E-mail.- notario177@msn.co

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