Violencia… ésa dimensión desconocida

Por Miguel Ángel Isidro

En el momento actual, México se encuentra inmerso en una intrincada expedición a la violencia que pareciera no tener fin.

Parafraseo el título de una de las obras más reconocidas del antropólogo Santiago Genovés para reflexionar en torno a los difíciles días que vive la nación bajo el azote de la violencia criminal, pero también bajo otras formas de expresión.

De manera independiente a las cifras, en ésta era en la que el Estado Mexicano y su máximo representante argumentan siempre -como si eso remediara las cosas- tener “otros datos”, no deja de sorprender y preocupar el grado de descomposición al que la sociedad mexicana está llegando.

Porque no basta con referirse a la violencia ejercida por parte de los múltiples grupos criminales que operan en el país, o del preocupante hecho de que incluso la delincuencia común ha endurecido sus métodos -como en los incontables casos de asalto a usuarios del transporte público en los que los ladrones ejecutan a sus víctimas sin remordimiento alguno-, sino porque la violencia se ha extendido al terreno del debate público.

A la par de ejecuciones, feminicidios y balaceras que se reproducen en todo el territorio nacional, sin que a la fecha haya indicios de alguna estrategia de Estado para revertir dicha tendencia, vemos cómo la confrontación social gana terreno en la discusión pública, ya sea a través de los espacios de opinión en los medios tradicionales o en las “benditas redes sociales”.

En las últimas semanas hemos sido testigos de algunos episodios que muestran de manera clara el grado de polarización de la opinión pública nacional: el uso público de lenguaje misógino y ofensivo por parte del subdelegado del ISSSTE en Michoacán José Manuel Míreles; los irresponsables comentarios en redes sociales de dos empleadas de una aerolínea comercial al hacer una broma de pésimo gusto acerca de imaginarios actos terroristas y el controversial intento del director del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones Mexicanas (INEHRM), por reivindicar a los integrantes dela Liga Comunista 23 de Septiembre implicados en el intento de secuestro y asesinato del empresario regiomontano Eugenio Garza Sada en 1973.

Dichos tópicos han provocado un auténtico incendio de ira en las redes sociales. Más allá de los argumentos a favor o en contra de cada uno de los personajes involucrados, sobresale una preocupante tendencia entre los cibernautas: ver la discusión de los asuntos de interés público como una herramienta para aniquilar al contrario.

Lejano a la posibilidad de confrontar las ideas opuestas para generar, probablemente, una “tercera vía”, en las redes presenciamos encarnizados cruzamientos de calificativos y epítetos .

No voy a fingir demencia. En mi caso personal he sido partícipe de estos excesos. Por eso considero necesario hacer una pausa en el camino para tratar de entender lo que está pasando.

Obviamente, la posibilidad de encontrar solución a la violencia, ya se a criminal, política o ideológica va más allá de las simples palabras.

Lamentablemente, en el triste caso de la seguridad pública y ciudadana, la pomposamente anunciada Guardia Nacional está lejos de tener resultados contundentes, porque no queda claro cuáles son sus alcances y campo de acción. La estrategia se redujo a trasvestir al Ejército y ponerle nueva nomenclatura.

Claro que tampoco deja de ser desconcertante la postura del Presidente López Obrador en torno al tema de la delincuencia; se sintetiza lapidariamente en frases como “Abrazos, no balazos”, “fúchila, guácala”, “piensen en sus mamás” y “todos a portarnos bien”…

Pero por supuesto, no podemos cargarle toda la responsabilidad al Ejecutivo. Sin embargo, es evidente que poco podemos esperar de los espacios de representación ciudadana, como el la Cámara de Diputados y el Senado: varios de sus integrantes son representantes fieles del lenguaje provocador y sectario que en este momento nos invade. Y que quede claro: ningún partido se salva.

En política, para construir la posibilidad de un acuerdo, los actores tienen la obligación (si el llamado es legítimo) de reconocer sus diferencias, y hacerlas a un lado en aras de la construcción del consenso.

En un ambiente político contaminado por la violencia y la polarización de las posturas, se antoja sumamente difícil que los grupos quieran hacer a un lado sus proyectos, intereses y apetitos en aras de conservar lo poco que nos queda de gobernabilidad.

Si el llamado del Ejecutivo va acompañado de un sentido de apertura a la crítica, del reconocimiento a lo que se ya hecho mal y de la necesaria humildad para escuchar las voces disidentes sin resentimientos ni descalificaciones, finalmente se habrá abierto la puerta de escape para salir de ésta indeseable vorágine de irracionalidad en la que nos hemos visto inmersos en estos meses recientes.

Por supuesto que la violencia no es nueva, ni nació con la presente administración, pero sería muy saludable que desde las más altas esferas del poder se dé el primer paso en aras de una auténtica reconciliación nacional, más de hechos que de palabras.

De no ser así, las miles de muertes que se han generado en este dramático episodio de nuestra historia, seguirán sin tener sentido, pese a las explicaciones oficiales.

Ésas, al igual que las estadísticas en la materia, seguirán sobrando.

Retomando a Santiago Genovés, existen cinco aspectos sobresalientes sobre la violencia en el género humano:

-No está genéticamente determinada

-No nos viene de nuestro pasado animal

-No ha habido una mayor selección del comportamiento violento que de otros rasgos en el proceso de selección de la especie

-Los humanos no tenemos una localización para la violencia en el cerebro como la tenemos para otras funciones, y por tanto, no es hereditaria.

Sobre estas conclusiones de una veintena de expertos reunidos en 1986 respaldaron la denominada “Declaración Internacional sobre la Violencia”, avalada por la ONU.

Sin embargo, en nuestro país, la multiplicación de los hechos de sangre en todo el territorio nacional ha hecho que la ciudadanía u sobre todo, las nuevas generaciones, estén perdiendo la capacidad de asombro ante todo tipo de conductas antisociales.

Lo más lamentable de todo es que, a pesar de lo dramático de los hechos, la retórica del odio partidizado se sigue haciendo presente en los foros abiertos, en la internet. Paradojas de la vida: lo más moderno de la tecnología utilizando en aras de una mentalidad política digna de la Edad de Piedra. No aprendemos.

Twitter: @miguelisidro

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