LETRA PÚBLICA: El vacío que dejó Carlos Fuentes

Por Rodolfo Salazar González

Se cumplieron cinco años de la partida a la eternidad de Carlos Fuentes, uno de los grandes novelistas mexicanos, que en opinión de Elena Poniatowska, vivió su vida con el afán de rebasarlo todo y lograr las metas y romperlas como no lo lograron José Vasconcelos, Agustín Yáñez, y Martín Luis Guzmán (este último autor de varios clásicos de la literatura latinoamericana como “La sombra del caudillo”, que tiene en su capítulo la feria de las balas el texto mejor escrito por mucho tiempo que cualquier escritor hubiera soñado en redactar).

Carlos Fuentes nació en la embajada mexicana de Panamá, su papá era diplomático, un hombre ilustrado (el padre de Carlos), en el año 1928, es contemporáneo de Jacobo Zabludovsky y un año menor que Gabriel García Márquez, con ellos cultivo una estrecha amistad similar a la relación que llevo en toda su vida con Octavio Paz, a quien le reconocía el magisterio de las letras y el don de construir una poesía suprema. Fue Octavio Paz quien le presento a Rita Macedo una de las damas con las que Carlos Fuentes se casó, divorciándose tiempo después a solicitud de la actriz, por no resistir el dolor que le causaban las infidelidades de Carlos Fuentes; que era muy demandado en el mundo de las damas hermosas, por su porte de dandy, vestido siempre con telas importadas del viejo mundo y usando trajes a la medida cocidos a mano y por los legendarios sastres de la calle Savile Row, que se encuentra en el barrio de Mayfair que es la zona de Polanco de la ciudad de Londres.

Las letras de Carlos Fuentes en “La región más transparente”, que es una novela que representa la tumba para la literatura rural y revolucionaria que trataba los dramas campesinos y la lucha de clases entre feudalistas y agraristas, denota el preclaro poder que tenía Fuentes para transmitir todo lo que su espíritu sensible miraba; y que ante su asombro transformaba en personajes a quienes daba vida en su literatura. Fue así como escribió “La muerte de Artemio Cruz”, “Aura”, “Cambio de piel”, “Terra Nostra”, ensayos estupendos como “La nueva novela Hispanoamérica” y “Cervantes” o la “Critica de la lectura” y “La gran novela latinoamericana” entre otros más.

Recibió entre otros premios el Rómulo Gallegos en 1977, el Cervantes 1987 y el Príncipe de Asturias de las Letras en 1994, y fue nombrado gran oficial de la Legión de Honor en 2003 y en 2009 caballero gran cruz de la Orden de Isabel la Católica. Miembro honorario de la Academia Mexicana de la Lengua y doctor honoris causa por varias universidades, como las de Harvard, Cambridge, y la Nacional de México.

Estuvo casado en los días finales de su vida con Silvia Lemus, una fina tampiqueña que muy jovencita emigro a la capital del país para desarrollar una carrera como periodista de investigación en la televisión en donde causo un impacto que deslumbro a Carlos Fuentes al grado de que sintió el impulso de cortejarla y finalmente desposarla para que formara parte de su mundo en el que Silvia Lemus, era un rostro de belleza incomparable y de inteligencia sin par.

De Carlos Fuentes se asegura que era un apasionado del cine. Se puede afirmar y asumo como propia, esta definición aplicable al maestro Fuentes, que el único amor al que el escritor mexicano le fue leal toda su vida fue al cine. Escribió esplendidos guiones cinematográficos al alimón con Gabriel García Márquez, como el que se llevó al cinematógrafo con el nombre de “El gallo de oro”, que es una de las mejores películas mexicanas que he tenido la oportunidad de mirar y que no me canso de volver a ver cuándo las repiten en la televisión para contemplar la magnífica interpretación de Lucha Villa como la caponera y Narciso Busquet en el papel principal, sentados en una mesa de juego sin levantarse por días y apostando la vida misma ante el jugador adversario.

El padre de Carlos Fuentes, Don Rafael Fuentes Boettiger, exigía siempre que por favor cuando le llamaran, lo hicieran por su segundo apelativo, en virtud de que la influencia de Carlos Fuentes en la vida social de la clase media alta de su tiempo era absorbente y dejaba sin vida propia a su progenitor que reclamaba su lugar. Es el padre de Carlos Fuentes quien le despertó esa pasión que sintió por el cine toda su vida, porque muy jovencito llevo a Carlos a que admirara el ciudadano Kane, con Orson Welles, considerado “el enfant terrible de Hollywood”. Es quizá merced a la vida diplomática de su padre que represento a nuestro país en varias partes del mundo, que Carlos Fuentes aprendió a ver a México desde el exterior, desde fuera, gracias a esto, él tenía una percepción especial que manifestó siempre en la preocupación por el México que surgía de la Revolución y tenía que enfrentarse a nuevo orden mundial; una clase política denigrante ya en ese entonces sería la encargada de manejar todos los asuntos históricos fundamentalmente los agrarios y la corrupción que posteriormente Fuentes convertiría en la raíz de toda su futura obra novelista como lo mostro en “La muerte de Artemio Cruz”.

Elenita Poniatowska afirma que a Carlos Fuentes lo enloquecía el rey del Mambo, Pérez Prado, lo deslumbraba Tongolele, pasaba su vida en las noches en las Catacumbas, comía tacos en la calle y caminaba por la alameda, acariciando el trasero de las estatuas de mujeres ilustres que existen en esa hermosísima plaza. Bailaba en el Ciro’s. Pasaba horas interminables en la Plaza Garibaldi y realizaba caminatas interminables por la legendaria calle San Juan de Letrán, para finalmente meterse en los cines de barrio y ver las películas del Indio Fernández.

Junto con Fernando Benítez, José Luis Cuevas, Octavio Paz y Carlos Monsiváis, Carlos Fuentes se convirtió en la conciencia cultural y critica de la Revolución Mexicana, gracias a ellos México adquirió prestigio en el exterior y gracias a estos gigantes culturales se pudo conocer también la veta interminable del espíritu creativo que el narrador mexicano lleva en su interior. Todos los lectores que Fuentes construyo con sus obras, encontramos en su literatura: la traición, la muerte, el amor y la crítica demoledora.

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